Por Fabián Morales Pérez 

Claro, parece una locura, un insensato. Si no pudimos siquiera alcanzar un boleto para Rusia 2018. Si tuvimos un 2017 horrible a nivel de rendimiento y marcado por la nubosidad de la Copa Confederaciones y el desastre de las últimas fechas eliminatorias. Pero saben, siento que lo sucedido hoy puede marcar el cambio. El recuerdo de Luis María Bonini, quien falleció hace algunas horas, evoca lo más sencillo y el origen de este milagro que fue la obtención de Copas Américas y clasificación a Mundiales consecutivos.

Bonini no escatimaba en reflexiones y motivaciones en torno a lo que debía significar la “Roja” para los jugadores. “Lo que más quiero es que ustedes quieran estar en su selección. Miren a los argentinos: son titulares en Italia o España, llegan a su país y a veces no juegan un minuto. Y en los entrenamientos se rompen el alma. ¡Eso quiero! Que sientan orgullo por su selección, que se mueran por su selección”, recalcaba el trasandino en los entrenamientos, en aquel lejano 2007.

Es verdad, nos pasó eso. Dejamos de morir por la selección. No solo en cuerpo, sino en alma y sacrificio. Bonini sabía que la vida del futbolista es corta, que los momentos son únicos y que había saber que aprovecharlos, sobre todo, cuando vio a un grupo de jóvenes que tenía el talento, pero venían de una tierra que carecía de historia y experiencia en alcanzar grandes logros.

Quizás no lo dimensionemos, pero el trabajo de Bielsa, Bonini, Berizzo y compañía fue notable. Entregó herramientas para que esa locura que era alcanzar logros y prestigio internacional se volviera algo sólido y posible. Dejar de pensar en la Copa América como la niña bonita que nunca nos pescaría y transformar ese deseo en una posibilidad cierta.

Nadie desmerece el gran trabajo de Jorge Sampaoli, pero ese grupo de trasandinos liderado por Bielsa entregó su vida por una selección que, como nada en este país, representa el parámetro de nuestra realidad, y dentro de ese grupo, Bonini era el padre acogedor y bonachón, que si te tenía que retar, te retaba, pero por tu bien, porque te necesitaba ver bien, porque sabía que podías lograrlo.

En tiempo en que nos llenamos de versos y discursos en torno al fútbol en nuestro medio nacional, donde las palabras se vacían en torno a conspiraciones, analogías y discursos mesiánicos, debemos recordar que nada te permite llegar más lejos que el trabajo y la constancia. La necesidad de ser mejores, pero no en la palabra, sino en el hecho diario y concreto. Eso representaba Bonini. La necesidad de luchar para ser mejores, pero siempre con buenas armas y con mínimo sentido de ética.

No, no sirve ganar con la trampa. No sirve llenarse de gloria a costa de pegarle al del lado. Nuestra sociedad nos ha llenado de ese discurso. Lo que importa es ganar, da igual como. Falso. Si importa el cómo, porque al final eso es lo que le da sustento al sueño.

Sabes Luis María, en realidad, Don Luis María Bonini, es fácil hablar bien de su persona en estos momentos. Generalmente todos los difuntos son buenos, pero yo me quedó con lo que se decía de su persona hace años. Tras quedar eliminados por Brasil en Sudáfrica, después de perder una final con Athletic en Europa, tras el fracaso con Argentina en Corea y Japón 2002. ¿Cuál era la opinión generalizada de todos los que lo conocían? Que como profesional era un 10. Recordaban su exigencia y su incesante búsqueda del crecimiento a partir del trabajo. No obstante, como persona era un 11, porque todos lo veían como tipo amable, bonachón, de abrazo sincero y apretado, de palabra precisa en el momento justo, de entregar más de lo que podía recibir.

Como en una de tus frases, que la “Roja” fue para usted la concreción de un sueño. Para mí, su partida es el momento preciso para recordar su legado, y para ir en busca de lo que tanto añoraba para estos muchachos de este país. De otra gloria más. Muchachos, por Bonini, ¡Vamos por la Copa América 2019! Que su palabra se haga carne en tierras brasileñas y que sigamos soñando.

 

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